Martilleas mi cabeza como una gota de una llave sin cerrar cae insoportablemente contra el metal del lavaplatos con gracia. Eres tan elegante y lejano, que esto me está llevando a la locura. Siempre estás ahí, incluso cuando yo no estoy pensando en encontrarte. Puedo escucharte, verte pero no sentirte ni tocarte. Una estrella brillando en el oscuro cielo, perfecta, inalcanzable, supongo que la propia oscuridad de estar en lo alto es el precio que tienes que pagar. Y qué bien te describe esa metáfora. Pero no dejo de preguntarme si realmente todo valió la pena para ti ¿Lo hizo? Cualquiera estaría a gusto en tu lugar, por supuesto, tienes todo lo que siempre soñaste ¿Pensaste alguna vez en tu libertad? ¿Autonomía? ¿Los corazones inconsecuentemente rotos que dejarías? Sí, es estúpido, talvez demasiado, pero es lo que siento. Nunca creí que llegaría a este punto, y menos que estaría escribiendo algo para ti. Alguna vez lo hice sí, aunque no como lo siento ahora. Pero he aprendido a relacionar las cosas. Puede que no sólo se trate de ti, si no de todo lo que espero y sueño, o de lo que me gustaría conocer, es sólo que llamas la atención de demasiadas maneras.
Lo peor, aparte de saber que nunca leerás esto (tampoco pretendería que lo hicieras), es que no existes. Osea, no cómo yo te entiendo. Eres tan sólo un rostro que enmarca además de un perfil conocido, un personaje inventado por otra persona, que cree en ti. De alguna manera, te creó por completo y así es como me gustas. Horrible ¿cierto? Pero no tengo mucho que hacer, por último todavía tengo esperanzas de que con el tiempo tu imagen se vaya dilatando entre la gente. Al menos, mi guarida no está tapizada de ti. Aún.



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