miércoles, 22 de febrero de 2012

toy story 3 me recordó muchas cosas.

Las cosas nunca volverán a ser. Supongo que todo está bien ahora. Es extraño como el efecto mariposa hace su magia. Sería bueno retomar conversaciones perdidas y botar por fin llantos que fueron retenidos por el orgullo y la ansiedad. El mundo puede ser un lugar mejor, lo sé. Sólo falta un poco de  compasión en cada mirada, el Dalai Lama es sabio y el Chojin también ¿Porque no reír cuando puedas y llorar cuando simplemente se necesite? No hace falta una avalancha para remover la nieve, pero se necesitan dos piernas para caminar.

Me gustan los molinos de viento, siempre lo han hecho. Desde que era pequeña los  miraba expectante y curiosa por la tele, o los veía en las películas, como gigantes giraban sólo por el azar del viento.  No sé que les encontraba, a lo mejor creer que el Quijote los mencionaba como monstruos a combatir (eso me habían dicho) me hacía observarlos con respeto. Nunca pensé que serían tan inmensos, y que en conjunto pudieran parecer un millar de remolinos de papel metálico clavados en la arena frente al atardecer del horizonte. Una amiga se burló de mi por haber llorado cuando los vi por primera vez. No me importó, porque aunque puede que haya sido algo extraño haberme emocionado por ver una máquina que genera energía, para mí fue importante y siempre lo seguirá siendo, daría lo que fuera para poder volver a estar entre Tongoy y Los Vilos, ahí donde la gente suele referirse cuando habla de un lugar que no tenga nada, para encontrarme con mis viejos apoteósicos amigos blanquecinos.